Mi padre, Armando Rico tuvo la suerte de descubrir la cueva que cambió su vida en terrenos de su familia.


En ella como si de una iluminación se tratara puso todo su esfuerzo y su hacienda para desengranar la clave del porque de su construcción.


Sus progresos se hicieron eco en radio, prensa y televisión. Muchos visitantes y curiosos de todas partes venían a casa con la idea de ver la cueva.


Durante años, 10 concretamente, la gente venía a mi casa y mi padre sacaba documentos y daba explicaciones a cualquiera que las pidiera, mi madre, una navarra de pro, sacaba a las gentes que pronto se convertirían en amigos deliciosas variedades de aperitivos y vino. Un servidor observaba con resquemor este desfile de personas, pero viendo a mis padres en tan noble entrega, se me ocurrió poner un establecimiento hostelero para rentabilizar estas vocaciones de amor que tan difíciles son de observar en la actualidad. Mi padre dijo si y en 1984 se inauguraba este establecimiento que durante tantos años ha intentado hacer feliz a la gente. Yo me dediqué a la cocina (actualmente no estoy en el bar, este se alquilo) y descubrí la hospitalidad de mis padres que me ha hecho ser cada día más feliz en mi trabajo.